EN DEFENSA DE LA FELICIDAD.

UNA VARIEDAD SORPRENDENTEEn defensa de la falicidad

Los sociólogos, definen la felicidad como el grado según el cual una persona evalúa positivamente la calidad de su vida tomada en conjunto. En otras palabras, la felicidad expresa hasta qué punto le gusta a una persona Ia vida que lleva. Todo depende, por supuesto, de si gustar la vida se refiere a una satisfacción profunda o se reduce a una simple apreciación de las condiciones exteriores en las que se desarrolla la existencia. Para algunos, parece ser que la felicidad es simplemente una impresión ocasional, fugaz, cuya intensidad y duración varían según la disponibilidad de los bienes que la hacen posible. Una felicidad, pues, inasequible, totalmente dependiente de circunstancias que escapan a nuestro control.

Existen mil concepciones distintas de la felicidad, e innumerables filósofos han tratado de exponer la suya. Según san Agustin, por ejemplo, la felicidad es la alegría que nace de la verdad. Para Immanuel Kant, la felicidad debe ser racional e independiente de toda inclinación personal, mientras que para Marx consiste en realizarse mediante el trabajo. Mi objetivo no es enumerarlas, sino señalar lo mucho que difieren entre sí y, en bastantes casos, se contradicen.

¿Y qué hay de la sencilla felicidad que produce la sonrisa de un niño o una buena taza de té después de un paseo por el bosque? Esos destellos, por intensos y estimulantes que sean, no pueden iluminar el conjunto de nuestra vida. Todas estas facetas no pueden constituir por si por si solas una imagen fiel de la dicha profunda que caracteriza la verdadera felicidad.

UNA MANERA DE SER

Entenderé aquí por felicidad un estado adquirido de plenitud subyacente en cada instante de la existencia y que perdura a lo largo de las inevitables vicisitudes que la jalonan. En el budismo, el término sukha designa un estado de bienestar que nace de una mente excepcionalmente sana y serena. Es una cualidad que sostiene e impregna cada experiencia, cada comportamiento, que abarca todas las alegrías y todos los pesares, una felicidad tan profunda que nada puede alterarla, como esas extensiones de agua en calma bajo la tormenta. Es, asimismo, un estado de sabiduría, liberada de los venenos mentales, y de conocimiento, libre de ceguera sobre Ia verdadera naturaleza de las cosas.

Es interesante señalar que los términos sánscritos sukha y ananda, generalmente traducidos, a falta de algo mejor, como “felicidad” y “alegría”, en realidad no tienen equivalente en las lenguas occidentales. La palabra “bienestar” sería el equivalente más cercano al concepto de sukha, si no hubiera ido perdiendo fuerza hasta designar simplemente un confort exterior y un sentimiento de satisfacción bastante superficiales.  En cuanto al término ananda, más que Ia alegría, designa el resplandor de sukha, que ilumina de dicha el instante presente y se perpetúa en el instante siguiente hasta formar un continuo que podríamos llamar “alegría de vivir”.

Sukha está estrechamente vinculado a la comprensión de la manera en que funciona nuestra mente y depende de nuestra forma de interpretar el mundo pues, si bien es difícil cambiar éste, en cambio es posible transformar la manera de percibirlo.

Así pues, quien experimenta la paz interior no se siente ni destrozado por el fracaso, ni embriagado por el éxito. Sabe vivir plenamente esas experiencias en el contexto de una serenidad profunda y vasta, consciente de que son efímeras y de que no tiene ningún motivo para aferrarse a ellas. No “decae” cuando las cosas toman un mal giro y debe hacer frente a la adversidad. No se hunde en la depresión, pues su felicidad reposa sobre sólidos cimientos.

Lo contrario de sukha se expresa mediante el término sánscrito dukha, traducido generalmente como sufrimiento, desgracia o, de un modo más preciso, “malestar”. No define una simple sensación desagradable, sino que refleja una vulnerabilidad fundamental al sufrimiento que puede llegar hasta la aversión a la vida, el sentimiento de que no vale la pena vivir porque nos resulta imposible encontrarle sentido a la vida.

Cambiar la visión del mundo no implica un optimismo ingenuo, ni tampoco una euforia artificial destinada a compensar la adversidad. Mientras la insatisfacción y la frustración provocadas por la confusión que reina en nuestra mente sean nuestra realidad cotidiana, ¡repetirse hasta la saciedad “Soy feliz!” es un ejercicio tan fútil como pintar una y otra vez una pared en ruinas. La búsqueda de la felicidad no consiste en ver la vida de color rosa, ni en taparse los ojos ante los sufrimientos y las imperfecciones del mundo.

La felicidad tampoco es un estado de exaltación que hay que perpetuar a toda costa, sino la eliminación de toxinas mentales como el odio y la obsesión, que envenenan literalmente la mente. Para ello, es preciso aprender a conocer mejor como funciona ésta y a tener una percepción más cabal de la realidad.

En resumen, sukha es el estado de plenitud duradera que se manifiesta cuando nos hemos liberado de la ceguera mental y de las emociones conflictivas. Es, asimismo, la sabiduría que permite percibir el mundo tal como es, sin velos ni deformaciones. Es, por último, la alegría de caminar hacia la libertad interior y la bondad afectuosa que emana hacia los demás.

¿HA DICHO FELICIDAD? (Extraído del libro “En defensa de la Felicidad”, editorial Urano Capítulo 1)